La disuasión iraní

Irán es un enemigo temible. No en términos absolutos, pero si relativos: la combinación de instrumentos regulares e irregulares le proporciona la capacidad de sumergir a toda la región en un estado de, al menos, enorme inestabilidad e incertidumbre. Lo que per se no constituye una victoria, salvo que la inestabilidad política y económica sea para la otra parte un mal tan enorme que se confunda con una derrota.

Las relaciones entre naciones, en la paz y en la guerra, son una apuesta: con el juego han sido comparadas durante siglos por los teóricos realistas de las relaciones internacionales. Aquí, mientras los iraníes apuestan para proteger su programa nuclear de los países occidentales, éstos lo hacen para interrumpirlo antes del punto de no retorno.

El éxito de los golpes contra personalidades e instalaciones nucleares iraníes sirve para ganar tiempo, unos meses quizá, pero poco más. En el otro extremo, sólo un cambio de régimen en Teherán podría abrir las puertas a los inspectores y acabar con la imagen de pesadilla de unos ayatolás armados con misiles nucleares. En medio, capaz de retrasar o hacer inviable durante años el programa nuclear, está el ataque militar.

Este puede aterrar en Teheran, pero sus consecuencias no lo hacen menos en Occidente. Y aquí está la clave una vez más, porque la agitación iraní -las maniobras en Ormuz, los viajes de Ahmadineyad en busca de aliados, la caza ostentosa de espías, las amenazas- es un recordatorio continuo de la determinación del régimen, y de su disposición a llegar hasta donde haga falta. Cuanto de ésto es verdadero no lo sabemos -seguro que menos de lo aparente- pero sí sabemos que es suficiente para que las democracias se lo piensen dos veces antes de actuar. El miedo a la inestabilidad que los ayatolás dicen poder desplegar les disuade de tomar una decisión. El órdago continuo de Teherán surte, por ahora, efecto.

Y he aquí la quintaesencia de la disuasión: Irán eleva la tensión al máximo, acerca el fantasma de la guerra...y al hacerla presente, la aleja. Ni americanos, ni británicos, ni israelíes irán a unas operaciones militares que ahora les traerían más problemas que beneficios, y en la que todos creen que los iraníes llegarían más lejos de lo que ellos estarían dispuestos a ir, que no es mucho: la posibilidad de la interrupción, siquiera temporal, del flujo de petróleo del Golfo les frena más que a los iraníes la posibilidad de perder barcos, aviones o hombres.

El problema es que si la amenaza de guerra enfría los ánimos e introduce altas dosis de prudencia -más cuanto más es ésta necesaria, de hecho-, basta un error de calculo, un malentendido o una situación imprevista, para cruzar la línea que separa la estrategia de la disuasión de una guerra abierta. Esta situación de cálculo racional y estratégico no es nueva para los países que libraron la Guerra Fría bajo la sombra del "equilibrio nuclear", pero sí lo es cuando enfrente se sitúa un régimen imprevisible e inestable como el de Teherán.

Hasta ahora, la disuasión iraní ha funcionado, pero nadie puede garantizar que un error de cálculo de sus fanáticos dirigentes precipite una guerra que, a fin de cuentas, cada vez parece más probable en el futuro.

Siria, Al Qaeda y la reducción moral

La acción política incluye principios morales, pero el cálculo político no se reduce a ellos. De igual manera, la reflexión sobre ella puede incluir juicios morales; pero resulta de escaso interés cuando el análisis se reduce a mero enjuiciamiento, a simple reproche ético o justificación moral, sobre todo cuando ésta esconde la incapacidad de ir más allá del juicio subjetivo.

Sin embargo, es lo que se ha hecho con la primavera árabe: se identificó desde el principio a los regímenes de Alí, Mubarak o Gadafi con el mal absoluto; y automáticamente, a quienes se alzaron contra él encarnaron el bien, además de la democracia. El resultado ha sido la dificultad actual en los países europeos para reconocer la complejidad del problema, que incluye el carácter despótico de los Hermanos Musulmanes en Egipto; la sibilina islamización de Enahda en Túnez o la violencia desatada por el Consejo de Transición libio contra gadafistas o tribus desafectas. Pese a que por separado y en conjunto, todo ello apunta a un despotismo futuro peor que el de sus derrotados predecesores y a una situación estratégica explosiva, el prejuicio simplón y moralizante impide a la opinión pública occidental hacerse cargo de una situación complicada.

En el caso de Siria, Carlos Ruiz Miguel, a la vuelta de un viaje a Damasco, alertaba en agosto en el GEES (*) de la presencia de grupos islamistas empleando métodos violentos contra la dictadura de Assad, pese a que las televisiones llevan meses hablando simplemente de "represión" contra la oposición. En verdad, ésta incluye no sólo islamistas, sino yihadistas: sirios y del exterior. En julio Al-Zawahiri llamaba a luchar contra Assad, y lanzaba a Al Qaeda a un nuevo frente. Y así viene siendo en los últimos meses: a las protestas callejeras y a la abierta rebelión militar se suman atentados crecientes en número e intensidad: el último, el que costó la vida a 44 personas en Damasco el viernes.

En primer lugar, el hecho de que el régimen de Assad haya denunciado la penetración de Al Qaeda, y el uso que pueda hacer del terrorismo para deslegitimar las protestas no implica que la primera no sea cierta, que lo es: parte de la oposición siria emplea métodos terroristas. En segundo lugar, que el cruel dictador lo denuncie no significa que no sea inhumano, al menos tanto como la represión de su régimen si no más.

Más allá de la simple evidencia del carácter despótico de Assad, conviene huir de la mistificación moral de unos y otros. En especial de los que vienen a sustituirle, que por el hecho de oponérsele no atesoran ninguna superioridad moral sobre el dictador. Algunos amenazan con no ser mejor alternativa: otros con ser aún peor.

¿Por qué, entonces, depositamos nuestra simpatía en éstos últimos?


(*) http://www.gees.org/articulos/revueltas_en_siria_en_la_encrucijada_o_hacia_el_precipicio_8843

Drones: la capacidad iraní

La inteligencia forma parte esencial de la diplomacia y de la estrategia: éstas utilizan aquella como instrumentos, pero no pocas veces aquella arrastra a las otras dos a escenarios imprevisibles. Es lo que ha ocurrido con el “robo” del RQ-170 Sentinel norteamericano interceptado por Irán cuando reconocía territorio iraní a doscientos kilómetros de la frontera con Afganistán, lugar desde el que el avión –operado al parecer por la CIA- había salido. Para los que no somos expertos en este asunto, que mezcla cuestiones tecnológicas complicadas y secretas, la valoración es complicada. Pero a riesgo de equivocarme, señalaría dos cuestiones que van más allá del culebrón, y que tienen un alcance estratégico y político indudable.
Por un lado, el hecho evidente de que sistemas que los expertos califican de “delicados” están en manos enemigas: de los iraníes y de los socios del régimen de los ayatolás. La información que se puede extraer del aparato es rica y codiciada. Algunos aspectos hacen referencia a cuestiones de aeronáutica (diseño y construcción de las furtivas naves); otros a su tecnología stealth, que afecta a un gran número de plataformas norteamericanas, incluídos los F-22 a los F-35, que pueden compartir esta tecnología con el Sentinel; y desde luego, todos los sistemas que el RQ-170 lleva montados, cámaras de alta resolución, radares y sistemas de intercepción de comunicaciones. Desde este punto de vista, los comentarios de Cheney ante las famosas tres opciones de Obama son acertados: Estados Unidos debía haber destruido el aparato cuando aún estaba a tiempo de hacerlo.
Por otro está la casi confirmación de que Irán es efectivamente capaz de interceptar las comunicaciones electrónicas con los UAVs, piratear su sistema, y poder controlarlo desde tierra incluso siendo capaz de hacerlo aterrizar sin daño alguno. Aún si buena parte de lo que ha afirmado Irán en las últimas semanas es propaganda –y tiene pinta de serlo- lo cierto es que el hecho es que posee la capacidad de hurtar a los Estados Unidos su más perfecta nave no tripulada. Cuestión esta que nos lleva a preguntarnos por el avance iraní en otros programas, desde el aeroespacial hasta hasta el programa de misiles, bastante más avanzados de lo que parece a simple vista. Además, está el hecho de que ya antes las aeronaves habían sido hackeadas o a punto de serlo, pese a lo cual su uso se ha ido incrementando en varios países, incluido Irán: ¿abusa Obama de estos aviones para suplir la retirada de personal militar de determinados países?