1. SOBRE LA DERECHA FREAKIE
Interesante el artículo de Valentí Puig en ABC la pasada semana, titulado "Menos té para el PP", donde ridiculiza y advierte del peligro del "Tea Party" al mismo tiempo. Puig mezcla afirmaciones evidentes con otras que no lo son. En relación con éstas, convendría resaltar que el "Tea Party", por definición, no tiene como finalidad la victoria del Partido Republicano, sino la defensa de principios y valores que no por no parecer del gusto de Puig son menos importantes desde el punto de vista liberal-conservador, tanto en Europa como en Estados Unidos: los límites del Estado, la reivindicación de la libertad individual y la responsabilidad ciudadana. Al contrario de lo que Puig parece querer decir en su texto, lo que me parece que caracteriza al Tea Party no es su oposición a Obama, sino su postura ante la administración pública, sea Demócrata o Republicana, que es bien distinto. No es un movimiento de organización política destinada a ganar elecciones o vencer a Obama, sino más bien de contestación social frente a la clase política del que participan ambos partidos. Que encuentre mejor acogida en el Partido Republicano es algo tan cierto como secundario.
El sentido apolítico del Tea Party provoca automáticamente, un sentimiento de amenaza en el establihment político y asimilado, allí y aquí,. Temo que el propio texto de Puig es expresión de ello. Éste denomina "derecha freakie" a aquella que sociológicamente está más allá de los partidos, y escapa al control de sus aparatos, magros allí y tremendamente engordados aquí. La crítica de Puig es legítima e incontestable, pero sólo si uno se adhiere inequívocamente a éstos frente a aquella. Esta confusión entre análisis y preferencia partidaria resulta problemática. Puig hace reposar su crítica al Tea Party en su defensa del establishment político washingtoniano y en el del GOP, que a su vez descansa sobre sus expresadas preferencias por el liderazgo político de Rajoy en el PP; de nuevo legítima actitud en el partidario y militante, pero turbadora desde el punto de vista del observador o del analista, puesto que mezcla lo social y lo político, lo español y lo americano.
Sospecho que Puig comete un error doble. Primero, el definir la derecha desde la geometría izquierdista, en un continuo según el cual el liberal-conservadurismo se convierte en extremo o antisistema sólo por serlo y estar teórica y aún prácticamente enfrentado al progresismo. ¿Es más extremo defender el mejor funcionamiento de la sanidad privada que el de la pública? sólo bajo el prisma izquierdista, me temo, pero no desde el liberal en sentido europeo. El segundo error -de nuevo mas propio del militante que del analista- es etiquetar antes de definir. Bajo la etiqueta "centro-reformista" o "centro-derecha" subyacen preguntas sin resolver acerca del papel del individuo en la sociedad, de la política en ésta, de un país en el mundo. En principio, el "reformismo" puede hacer referencia a los medios -prudentes, pausados- de una polìtica liberalizadora anclada en convicciones liberal-conservadoras; las más de las veces, la etiqueta esconde la falta de fines, o incluso el carácter poco liberal de éstos últimos. ¿Es más centrista inhibirse ante los crímenes de Hamás que denunciarlos? ¿Más centrista y reformista el apoyo al rescate bancario con fondos públicos? Sí, a condición de que el centrismo se entienda como pura geometría vacía de contenido político y ubicado en función de las posiciones progresistas.
La "derecha freaki", como el "centrismo" o el "liberalismo", no se demuestra: se muestra analizando discursos y comportamientos, formas de hacer oposición y administrar la comunidad política. En Madrid, Ruiz Gallardón habilita a funcionarios públicos para rebuscar en la basura de los vecinos en busca de pruebas incriminatorias relacionadas con el reciclaje; sanciona también a los vecinos colectivamente si uno de ellos no recicla. ¿Centro-reformismo del partido alternativo al de Zapatero? Mientras, un ciudadano particular denuncia y recurre las medidas de Ruíz Gallardon ante el TSJM denunciando el ataque a los derechos ciudadanos y las libertades públicas que para muchos pasa desapercibido; éstos censuran los comportamientos que denuncian los vicios y delitos de la clase política, arrojan a la oposición ciudadana, a Zapatero en España y a Obama en Estados Unidos, al infierno del radicalismo o la locura.
Pero de todos éstos, políticos "centristas", avezados periodistas, ciudadanos indignados allí y aquí, ¿quién representa la "derecha freaki"? ¿Los partidos políticos que, en nombre del centro- reformismo, vulneran derechos humanos básicos, las personas o grupos que se les oponen, o quienes se ponen de parte de los primeros despreciando a los segundos? Es la pregunta a la que Puig parece no querer enfrentarse.
2. FILTRACIONES AFGANAS
Filtraciones afganas: escándalo, pero menos. Pese a la engordada indignación de The New York Times y The Guardian, no hay nada que no supiésemos o no intuyésemos en la filtración de documentos militares a Wikileaks, más allá de detalles más o menos interesantes para unos y morbosos para otros. De lo publicado hasta ahora, destacan tres asuntos. 1. La íntima relación de los servicios de inteligencia paquistaníes con grupos talibanes a su lado de la frontera -a su vez aprovisionadores de los afganos, e involucrados en ataques contra los convoyes con destino a Afganistán-, era bien conocida, aunque no reconocida abiertamente por evidentes razones diplomáticas. En el quicio mismo de ambos bandos, considerado aliado de Estados Unidos pero con íntimas relaciones con los talibanes, el Estado paquistaní es uno de los grandes problemas. En los últimos años, noticias parecidas o iguales a las filtradas ahora las hemos conocido puntualmente.
2. La existencia de comandos de fuerzas especiales en territorio afgano dedicados a la caza del talibán no sólo no es nueva: hunde sus raíces en las primeras fases de la invasión en 2001. En cuanto a sus tácticas, constituyen la versión en el siglo XXI de la lucha contra la guerrilla, con sus aciertos -inflitración, ataques quirúrgicos- y sus errores -incapacidad o escasa paciencia para distinguir a los civiles-. Que fuerzas especiales asesinan talibanes en Afganistán ni es nuevo ni pilla por sorpresa. Hoy no hay más o menos motivos para la indignación de los que había hace dos semanas, dos meses, dos años.
3. Las filtraciones enumeran incidentes que habían pasado desapercibidos que incluían muertes de civiles inocentes: disparos en controles, desde convoyes en marcha -fue el caso de España-, y sobre todo los ataques aéreos. En conjunto, nada nuevo, porque hemos ido conociendo éstos y otros casos, y poco aporta a la valoracion estratégica o moral de los últimos años. En verdad, los talibanes matan tres veces más inocentes que la OTAN, pero cada civil muerto por occidentales pesa como diez de los del enemigo: la asimetría moral salta aquí a la vista, porque nadie se indigna por los civiles muertos por los talibanes. Para colmo, la filtración coincide con la noticia de los 56 civiles muertos en un bombardeo hace tres días en Helmand; para colmo, además, tras las declaraciones de Petraeus de la necesidad de extremar las precauciones.
La Casa Blanca se ha apresurado a denunciar la filtración, pero a recordar que la fecha de los documentos, entre 2004 y 2010, señalan a la Administración Bush. Pese a que los medios se han apresurado a repetirlo, lo cierto es que los episodios narrados son intrínsecos a una guerra sucia como la que se vive en Afganistán, y difíciles de evitar. Obama no se evitará las mismas críticas, por mucho que Petraeus haya anunciado un cuidado extremo. Para los talibanes, el escándalo y la división entre las filas de la OTAN es otra de las grandes noticias a las que les estamos acostumbrando. Vía desmoralización occidental, la guerra la están ganando ellos.
Assange, el director de Wikileaks, se ha apresurado a situarse en el centro del debate, incluso hablando de "crímenes de guerra" con esa mezcla de ligereza y amarillismo a la que sólo algunos periodistas llegan. Assange ha engordado el escándalo, y al hacerlo ha logrado dos cosas: primero, una avalancha mundial de entradas a su página web; y segundo, un durísimo golpe para los intereses occidentales en Afganistán, para la marcha de la guerra y para la derrota talibán. ¿le habrá merecido la pena?

