En su programa de EsRadio, Luis del Pino entrevistó hace algunas semanas a Julio Anguita. En la entrevista, el exdirigente comunista reivindica a Marx, critica el capitalismo, analiza el mundo que nos rodea y deja pocos títeres con cabeza en el panorama político español. De la entrevista, y de los artículos de Anguita, llaman la atención dos cosas. En primer lugar –pese a inexactitudes y errores varios- Anguita presenta una solvencia intelectual que es hoy imposible de encontrar entre la “izquierda progresista” española. Entre la izquierda política, la sóla comparación con Llamazares o Zapatero resulta ofensiva. Del llamado sindicato de la ceja, mejor no hablar; actores y actrices semianalfabetos, directores iletrados, cantantes de escaso alcance poético o intelectual. Y de la pléyade de “intelectuales”, escritores, periodistas y demás, qué les voy a contar: ni uno sólo que presente cierta solvencia teórica izquierdista capaz de regenerar el comunismo o la socialdemocracia.
Frente al pensamiento fuerte de Anguita, el progresismo actual presenta como característica más importante su liviandad: sin contenido, sin profundidad, sin alcance moral ni político. Se agota en lugares comunes, en ideas vagas, en manías o en dogmas sesentayochistas. Ante todo eso, Anguita representa un contrapunto de tal calibre, que es más fácil encontrar analogías entre esta izquierda y la derecha política actual -igualmente vacía de razón- que entre ella y Julio Anguita.
En segundo lugar, Anguita sigue representando al intelectual pensado por Marx e imaginado por el marxismo: Sobrio, moderado, templado, parco. Contrastando con la serenidad de Anguita, el progresismo español se caracteriza por un estilo de vida profundamente capitalista: escritores y directores de cine multimillonarios, actores convertidos en estrellas hedonistas y vividoras, políticos convertidos en rentistas y terratenientes, periodistas convertidos en magnates de los medios de comunicación. En la tradicional separación imaginada por Marx, no cabe duda de que la izquierda cultural y mediática española no estaría del lado de los trabajadores.
He aquí dos diferencias entre marxistas y progres: los primeros son –al menos según sus intenciones- defensores de un pensamiento histórico e ideológico fuerte, mientras los segundos se caracterizan por su dejadez intelectual. Además, mientras el marxismo es pretendidamente una ideología del intelectual convertido en trabajador, el progresismo implica la conversión del intelectual en capitalista en el peor sentido: el rentista, el peor de todos. De ahí la rotunda frase de Anguita en la citada entrevista: “Si quiere insultarme, llámeme progre”.

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