Como los sociólogos conocen, tanto en su obra más importante, “Del sistema industrial” (1823), como en distintos artículos, Saint-Simon aborda un tema clásico de la sociología moderna: el de las elites y su relación con la sociedad. Para Saint Simon, la edad moderna presenta un carácter decisivo respecto al pasado: la llegada de la sociedad industrial haría cristalizar las clases sociales en dos: la clase productiva -empresarios, agricultores, artesanos, trabajadores-, por un lado; la clase no-productiva, nobleza, aristocracia, alto clero, políticos, por otro. Saint Simon era optimista, y estaba convencido que la llegada de la sociedad industrial llevaría consigo la eliminación o la reducción de las clases no-productivas -en sus términos, las “clases muertas”-, en beneficio de las clases productoras, aquellas que construirían una democracia social auténtica, donde todos trabajen y tengan garantizada cierta propiedad, a su vez origen de la moralidad.
Así escribe en 1819 la conocida parábola de las abejas y los zánganos. La desaparición de las primeras –las clases productivas-, conllevaría la ruina nacional francesa: “la Nación se convertiría al poco de perderlos en un cuerpo sin alma, caería inmediatamente en un estado de inferioridad respecto a las naciones con las que está en concurrencia en la actualidad”. Ahora, ¿y si son las otras clases las que desaparecen? “Admitamos que Francia conserva a todos los grandes especialistas que posee en el terreno de las ciencias, de las bellas artes, las artes y oficios, pero que tiene la desgracia de perder en un mismo día a todos los miembros de la familia real, ministros, cardenales, gobernadores civiles, jueces…además de ellos, a los diez mil propietarios más ricos de todos aquellos que viven noblemente. Sin duda este accidente afligiría a los franceses, pues poseen buenos sentimientos…pero esta pérdida de los treinta mil individuos más importantes del Estado únicamente causaría lástima desde el punto de vista sentimental pues de ello no se derivaría ningún mal político para el Estado”.
La pérdida social de los zánganos, para Saint Simon, no supondría problema alguno; la nación funcionaría sin sobresaltos prescindiendo de lo que cree son parásitos sociales. Creyó -casi hasta el momento de su muerte-, que la sociedad moderna implicaría la sustitución del régimen de los zánganos por el de los productores, para dar lugar a una verdadera democracia, de cierta igualdad y prosperidad. Acerto, en parte. Y es que Saint Simon no conocía a José Bono, preocupado ahora por la pérdida de legitimidad de la clase política y embarcado en una campaña para reivindicar las bondades de los políticos frente a unos ciudadanos cada vez más soliviantados.
Así que afirmaba la semana pasada que "Quien se acerque (a la web) con prejuicios se va a llevar la buena impresión de que los diputados somos el colectivo que más nos parecemos a los españoles". Lo cual de entrada es falso: trabajan menos, ganan más, tienen privilegios, gastan dinero ajeno y deciden cuánto, cómo y para qué quitárselo a los españoles. No sólo es que esta clase-no productiva, de manos muertas en nuestro país goce de buena salud; es que ha parasitado la legitimidad democrática para presentarse igualitaria cuando no lo es en absoluto. Además, la clase política que Bono representa y defiende encarna una frivolidad, un snobismo moral y una perversión del tradicional sentir nacional, que la separa radicalmente del español que madruga, que trabaja hora tras hora y que cree aún en la familia, en su país y en la religión de sus padres -lo que dicho de paso, es escasamente saintsimoniano-.
La clase no-productiva de Saint Simon se encarna hoy en Bono y sus zánganos: la red de clientelismo, favoritismos y enchufismos emana de ellos y vía partidos políticos, ministerios, comunidades, provincias, ayuntamientos, empresas públicas, semipúblicas, contratadas, subcontratas o subsubloquesea, lastra el futuro español. Hoy, el gran problema nacional es la existencia de un stablishment político que consume en su propio beneficio las energías de la nación, que no las proporcionan los zánganos de Bono, sino los productores de los que busca defenderse; empresarios, industriales, comerciantes, artesanos, asalariados que ven escandalizados que la mano política profundiza aún más en sus bolsillos. El presidente del Congreso acierta al dar la voz de alarma entre la clase no-productora, puesto que conoce bien qué es y en qué consiste la zanganocracia: su propia trayectoria, primero lastrando el desarrollo económico de Castilla la Mancha impulsando el de los suyos; después castrando a las Fuerzas Armadas para el propio beneficio político; y ahora en el Congreso apostado solemnemente esperando la caída de Zapatero, encarna a la perfección al no-productor en que pensaba Saint-Simon. Éste veía inevitable que las abejas, laboriosas e imaginativas, sucediesen a los zánganos, improductivos e incapaces. ¿Serán capaces éstos de aguantar, en la España de 2010 todos sus privilegios? Bono parece creer que sí.
En Sin Ilusión, sin pesimismo
Saint Simon, Bono y los zánganos
martes 9 de marzo de 2010
Publicado por
Óscar Elía Mañú
en
02:44
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