COVID-19: ¿de la incertidumbre a la ansiedad?

Extracto de «COVID-19: ¿de la incertidumbre a la ansiedad?, en La pandemia del Miedo. Pánico, poder y miedo durante la pandemia COvid-19.

Desilusión internacional


La crisis de la pandemia COVID implica además una tercera crisis, la internacional: un virus generado y transmitido entre países situados a miles de kilómetros y con consecuencias económicas transmitidas entre distintas naciones. No se diferencia en esto de otros precedentes históricos: Tucídides recuerda que la peste de Atenas llegó a la Hélade desde el norte de áfrica, de la misma manera que la peste negra llegó al corazón de Europa procedente de las estepas asiáticas.


Ciertamente, lo que diferencia esta pandemia de otras anteriores es el gran
fenómeno tecnológico de nuestro tiempo: la globalización. Creo que en términos generales podemos distinguir en él tres aspectos distintos pero entrelazados de este fenómeno. Existe una globalización tecnológica, producto del desarrollo de los medios de información, por un lado, y de los medios de comunicación, por otro. Existe, sobre ésta, una globalización política e institucional, iniciada durante el siglo XX, impulsada definitivamente en la década de 1990, y plasmada en el auge de las instituciones internacionales. Y existe, apoyada en ambas, una globalización económica, propia del siglo XXI, que tiende a unificar los mercados, tanto financieros como de bienes y servicios, de todo el mundo.
En las últimas décadas, ha existido un optimismo en relación con el fenómeno: bienes y servicios más baratos, turismo mundial, comunicación e información globales. También aquí el COVID ha recordado un límite. Algunos fenómenos habían ya exigido prudencia en relación con las ventajas del mundo globalizado. Citaremos tres: primero, la aparición del terrorismo islámico en las ciudades occidentales tras el 11S, había mostrado ya el lado oscuro de la globalización en relación con la seguridad nacional; segundo, la delincuencia organizada y la ciberdelincuencia, a partir de la primera década del siglo XXI ha mostrado que la inseguridad es también global; y por fin, la crisis económica de 2008, con el efecto contagio entre los mercados bancarios de todo el mundo.


El caso del coronavirus vuelve a poner sobre la mesa la cara oscura de la globalización: recuerda los riesgos que acompañan a los beneficios, los hace presentes, más perceptibles. Citaré tres ejemplos que demuestran, a mi juicio, lo infundado del optimismo globalista: la cuestión china, la cuestión europea y la cuestión de las organizaciones internacionales.


La cuestión china aúna cuestiones filosóficas, económicas y estratégicas. El
papel de China en el sistema de naciones del siglo XXI ha sido la prueba de fuego del internacionalismo liberal: tras la caída del otro gran gigante totalitario, la Unión Soviética, la inclusión de China en el mercado occidental debiera mostrar a Pekín las ventajas del libre mercado, elevando el nivel de vida de sus ciudadanos, empezando por las élites urbanas de las grandes ciudades. Con la apertura económica, la naturaleza del Partido Comunista Chino debía atemperarse progresivamente, según sus clases dirigentes se abrían al mundo occidental. A la apertura económica, en fin, debiera seguir la apertura política del gigante asiático, con una apertura tanto económica como política.

Manifiestamente no ha sido así. Los desequilibrios en la legislación laboral
entre el garantista occidente y el gigante asiático, la continuidad entre los intereses del Estado, del PCCh y las empresas operando en el exterior, la continuidad económico-militar de Pekín escapan a la racionalidad europea. No sólo China no ha avanzado hacia la democracia liberal y el libre mercado, sino que ha entendido esta política como una injerencia24, al tiempo que ha aprovechado las posibilidades que éste le ofrece para cobrar ventaja sobre sus competidores económicos. En este clima de sospecha, la COVID ha constituido caso ejemplar: el virus chino, primero ocultado, luego minusvalorado y después extendido a todo el mundo como un bien manufacturado más ha mostrado que no sólo la particularidad china proporciona exportaciones baratas. Por su parte, la cuestión europea posee una dimensión más leve y otra más grave. La más leve tiene que ver con las diferencias evidentes que existen entre países europeos, y que la pandemia ha puesto sobre la mesa: el desigual impacto sanitario y económico muestra diferencias gruesas entre los socios comunitarios.


De esta distinción surge el problema político grave: la reacción de los socios de la eurozona. La pandemia, lejos de suponer una unidad mayor entre los socios comunitarios, ha supuesto una división creciente. Si bien es cierto que podemos afirmar que el virus ha golpeado a todos los países, no es menos cierto que lo ha hecho de manera muy distinta entre ellos. Las cifras de muertos, derivadas de características climáticas, sociales, culturales y políticas muestran un continente formado por países muy diferente. De esta diferencia surge una división económica es más profunda: los países del norte no entienden la improvisación, endeudamiento crónico e irresponsabilidad de los países del sur; y éstos abominan
del egoísmo y la falta de solidaridad de sus socios del norte. El tormentoso Consejo Europeo del julio de 2020 muestra una Europa dividida, con diferencias profundas a duras penas disimuladas por el interés común en salvaguardar la moneda común.


Por último, tomemos el caso de las organizaciones internacionales, ejemplificadas a través de la Organización Mundial de la Salud, organismo dependiente de Naciones Unidas. El caso de la OMS es paradigmático: a las dificultades asociadas al conocimiento y las recomendaciones se unió la desconfianza de algunos países, que en caso de Estados Unidos derivó en hostilidad y retirada de fondos destinados a dicha organización. La organización, sus relaciones con China y la actitud hacia el régimen de Pekín nos recuerda un aspecto de las relaciones internacionales ya presente antes de 2020: el del probable fin del sistema internacional puesto en marcha en 1949, que no sólo incluye actores y equilibrio de fuerzas, sino el conjunto de instituciones internacionales destinadas a garantizarlo.
El encaje de China, los problemas de la Unión Europea, la crisis en la OMS
muestran los problemas asociados al internacionalismo liberal, político y económico: de nuevo aquí no encontramos nada que no pertenezca al desarrollo normal de la política, nada que sea nuevo en la historia. Al igual que la ciencia y la economía se mueven en la incertidumbre, al igual que el Estado tiene limites en su capacidad, las relaciones internacionales se mueven en la cooperación, pero también en la rivalidad. Ésta es tan natural como aquella, afirman los realistas con toda la razón. ¿Entonces? La expansión del internacionalismo liberal, de la cooperación para sus defensores y el globalismo para sus detractores, constituye
una de las señas del optimismo de la civilización occidental actual.

El ya famoso nuevo orden mundial profetizado por George H.W. Bush en
1991 implicaba precisamente las tres cuestiones, típicamente modernas: un
mundo interconectado en términos económicos, con naciones relacionándose cada vez más en paz o colaboración y un entramado institucional que permitiese resolver las disputas pacíficamente y encauzar la colaboración entre naciones ¿era, ha sido así durante las últimas dos décadas?¿ha sido la crisis COVID el crash que ha terminado con ese mundo sumiéndonos en una época de rivalidad de final inescrutable?

De nuevo aquí, Al igual que ocurre en relación con verdadera naturaleza de
la ciencia, con las expectativas reales de la economía y las posibilidades auténticas de los estados, la pandemia COVID enfrenta la percepción del mundo del hombre contemporáneo con la naturaleza real de ese mundo. La inserción de China en el sistema internacional liberal, de ser realista, se basa en relaciones de poder y de equilibrio con los países occidentales; la evolución de la Unión Europea, limitada en su unidad; el papel de las organizaciones internacionales dependientes aún de la voluntad y de la capacidad de sus miembros para influir los unos en
los otros.

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