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En la página del GEES he escrito un análisis, incompleto en todo caso, sobre los acontecimientos del día 6 en DC y la situación generada los días posteriores. En él trato de mantener una hipótesis doble. Por un lado, la existencia de indicios lo suficientemente claros de que el fraude electoral es real y pudo haber afectado al resultado de las elecciones, lo que implica que en el fondo Trump tiene razón cuando exige investigaciones. Por otro lado, los errores de Trump relacionados con el día 6. El primer error fue la celebración de la gran manifestación del día 6 para presionar a los Republicanos, con demasiados riesgos. El segundo error, el discurso ante sus partidarios. Ciertamente en él Trump ni llama a la violencia ni insinúa a sus partidarios marchar hacia el Capitolio, pero la situación permitía que al menos parte de estos lo entendieran como tal. El tercer error es su reacción ante lo ocurrido cuando unos pocos entran en el edificio, reacción que se produce tarde, y que le hace perder control de los acontecimientos y sumirse en el descrédito. Los tres son errores, incluso graves: no son en absoluto delito.

Acababa el texto con las cuestiones que todo el mundo se hace acerca del futuro de Trump y del trumpismo. Del día 6 salían los dos hundidos, al hacerlo su protagonista, vapuleado en las encuestas de aceptación. Añadía, además, una única posibilidad de reflote de Trump: el que pudiese ocasionar la respuesta Demócrata. El ansia que el PD tiene contra Trump, unido al rechazo visceral de los medios y las Big Tech están llevando a todos ellos a una sobrereacción: la del impeachment forzado por los Demócratas; la del sensacionalismo impulsado por los medios; la censura impuesta por las grandes tecnológicas. Hay cierto espíritu de venganza y de ajuste de cuentas: muy de «a moro muerto gran lanzada» que decimos en español. Pero en esta ofensiva desatada ante el enemigo ya caído se abre la posibilidad de convertir a Trump en la gran víctima del estabilshment que era el 5 de enero. Sus errores, aún graves no son delitos; su imprudencia no implica ninguna ilegalidad. Actúan todos como si así lo fuera. Persiguen a Trump, a su familia, a sus negocios, a sus partidarios, a sus simpatizantes con una ansia patológica. Probablemente haya también algo de miedo en todos ellos, incluso en los Republicanos nevertrumpers o notrumpers: un Trump políticamente vivo es un problema, con lo que sólo mediante su desactivación completa -civil o penal- puede acabarse con él: pero para lograrlo es tal la sobreactuación, tal la necesidad de forzar el argumento y las instituciones, que es difícil que la cosa salga sin crear el enfrentamiento civil que los nuevos dueños del Senado y la Casa Blanca dicen precisamente que quieren evitar.

De entrada, la ofensiva que vamos conociendo se va extendiendo: de Trump a sus familiares; de sus familiares a sus colaboradores; de éstos a congresistas y senadores trumpistas; de aquí a simpatizantes y activistas trumpistas; de aquí a conservadores que aún dudan de la victoria de Biden, de éstos a conservadores opuestos a la agenda radical Demócrata.

Es decir, que si el día 6 Trump fue imprudente, los Demócratas pueden sumar otra imprudencia aún mayor.

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