Ucrania: qué esperar, qué evitar

Algunos de mis más antiguos lectores recordarán que en este blog llevamos a cabo en el año 2011 un seguimiento de la guerra en Libia. Como en toda guerra, y esto es algo que demasiadas veces se olvida, seguíamos entonces la evolución de los acontecimientos estratégico-diplomáticos a oscuras: no sabíamos bien que estaba pasando, no estábamos seguros de qué podía pasar, y no sabíamos cuál sería la resolución si lo habría del conflicto. Hoy sabemos que se resolvió a medias.

En el caso de la crisis desatada por la movilización de tropas rusas en la frontera con Ucrania ocurre algo parecido. Nadie -ni siquiera los protagonistas- son capaces de predecir con exactitud lo que pueda ocurrir. Suponemos, o mejor sabemos, que tanto los dirigentes rusos como los ucranianos tienen sus propios planes de ataque o de defensa e intuyen de acuerdo a la relación de fuerzas cuál podría ser el desarrollo de los acontecimientos. Pero una cosa es lo que pasa por la cabeza de Vladimir Putin y de Volodímir Zelenski y otra lo que pueda ocurrir con ello en el futuro.

A diferencia de lo que ocurría en el conflicto libio, en el caso de la política rusa en relación con Ucrania y con el este de Europa poseemos mucha más información sobre los actores. A cambio los factores son mucho más amplios de los que se citaban en el conflicto libio, y eso hace que el análisis sea igualmente complejo.Teniendo esto en mente, yo no sé si volveremos a escribir una larga serie de artículos a tientas sobre la evolución política y militar en la zona, pero si sé que en todo caso tenemos que evitar dos aproximaciones muy comunes y muy exageradas muy presentes en la opinión pública durante estos días, y a las que dedico esta primera entrada.

La primera es la percepción según la cual la crisis moral y cívica de Europa y EEUU, que se extiende a la inestabilidad institucional, hace que las ambiciones de Putin sean difíciles de parar. Dada la debilidad europea, a los dirigentes occidentales no les quedaría otra opción que aceptar como hechos consumados las decisiones que Putin tome respecto a Ucrania. Está postura está bastante extendida entre aquellos que consideran que es necesario frenar a Putin o que le temen, pero que al mismo tiempo están desilusionados y amargados con la debilidad occidental. De seguir este argumento hasta el final concluiríamos que la única opción occidental sería dejar hacer al presidente ruso, puesto que ni militar, ni institucional ni moralmente serían los occidentales capaces de oponérsele o siquiera plantearse hacerlo en serio.

La segunda postura es la idea extendida en amplios sectores de la opinión pública de que cualquier respuesta a las pretensiones rusas sobre Ucrania conduciría a una guerra a gran escala, y a un enfrentamiento directo entre los países europeos y EEUU y Rusia. La introducción en la ecuación de este escenario apocalíptico conduciría igualmente a la inacción: Ucrania no valdría el coste de una guerra en territorio europeo, por lo que sería más apropiado ceder a cualquiera de las pretensiones rusas porque, a fin de cuentas, «¿qué se les habría perdido a los países occidentales en Ucrania?». Aquí la cuestión no es si se puede o no se puede hacer frente a la presión rusa, sino si no sería temerario hacerlo.

En algunos casos, las dos opiniones se funden, en la idea de que es imposible hacer frente a Putin y de intentarlo podría costar muy caro. En otras entradas abordaremos la falsedad de ambas posturas, pero por ahora es suficiente con señalar dos aspectos. Por un lado ambas posturas- a que subraya la pretendida impotencia ante Rusia y la que subraya lo arriesgado de oponérsele- son las que la propaganda rusa está expandiendo con mayor intensidad en Europa Occidental, con mayor o menor éxito según países y sectores sociales: «no sigáis a a vuestros políticos contra Rusia, porque no estáis preparados para hacerle frente», vienen a decir las terminales oficiales u oficiosas rusas en Europa.

Por otro lado, llama la atención que esta propaganda es calcada de la propaganda soviética durante los años calientes de la Guerra Fría, con la que Moscú consiguió atraerse el apoyo o la neutralidad de aquellos, a izquierda y derecha, que era mejor pactar en el Este con los soviéticos y que enfrentarse a ellos en suelo europeo era una temeridad.

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