El discurso del Rey cinco años después

Hay una especie de consenso unánime en que, cinco años después del golpe secesionista de Cataluña, el nacionalismo se haya en problemas: desorientado, dividido y minoritario. Desde luego que el discurso de Felipe VI aquel mes de octubre jugó un papel fundamental en la defensa constitucional y en el reforzamiento de las fuerzas constitucionales en Cataluña. Pero de ayer a hoy, hay una serie de cuestiones que no se han abordado o se han abordado poco, y que seria interesante poner sobre la mesa. ¿Qué porcentaje de catalanes está dispuesto realmente a ir a la independencia?¿cuales de entre todos ellos están dispuestos a afrontar los sacrificios que supone crear un Estado frente a España, frente a la Unión Europea? ¿cuáles, de entre estos últimos, están dispuestos a usar la fuerza para lograrlo?

Respecto a lo primero, las sucesivas elecciones y las encuestas muestran un electorado independentista heterogéneo y dividido. Un porcentaje nada despreciable de los catalanes, pero desde luego no mayoritario, se muestra partidario de independizarse, que oscila entre el 40 y el 50%. Pero ahí se incluye aquel que vota sin pensar realmente en la independencia, sino pensando en los privilegios que respecto al resto de españoles arrancan las posiciones independentistas de Madrid: se trata de un voto interesado y puramente egoísta, del tipo que también vemos en el País Vasco. Abraza el independentismo, pero sin pensar seriamente en la independencia, sino en los beneficios de la reclamación permanente. Pero una posición así es ideológicamente débil: tan pronto como la política independentista se vuelve poco rentable, estos votantes tienden a abandonar el barco de la secesión.

Esta primera cuestión nos lleva a una segunda: la independencia, huelga decirlo, tiene un coste. Sólo los más despistados defienden que una independencia catalana mejorará la calidad de vida de sus ciudadanos. Un proceso así, y los fanáticos no lo esconden, exige muchos sacrificios: incluso en los procesos más exitosos la independencia sale muy cara, y la cuestión es si llegado el momento se está dispuesto a dar ese salto al vacío. Sabemos que en torno a un 20% está dispuesto a hacerlo. Sólo éstos, no más, piensan en la independencia en serio. Pero frente a ellos no sólo tienen a los constitucionalistas: también a los «independentistas interesados» que citaba anteriormente.

Esta última cuestión nos lleva a la tercera: la independencia solo puede ser lograda en nuestros días mediante el uso de la fuerza. Ciertamente esto lo entendieron bien los líderes secesionistas cuando plantearon un golpe de Estado que incluía el asalto de las instituciones y la ocupación por la fuerza de las calles. Pero la deriva del proceso ha demostrado que precisamente en este punto capital los independentistas equivocaban: el porcentaje de catalanes dispuestos a ejercer la violencia o empuñar las armas para defender la secesión no solamente es mínimo: es marginal. Es verdad que un proceso revolucionario así se soluciona con una minoría bien organizada, motivada y financiada. Pero ni aún así: pese a todo el apoyo económico y logístico de la Generalitat y pese a la propaganda masiva, el gran fallo hace cinco años fue justamente éste. Las fuerzas de choque secesionistas se mostraron escasas, poco motivadas y carentes de organización.

Sociológicamente no mayoritario, dividido y con motivaciones diversas, e ineficaz táctica y estratégicamente, el nacionalismo catalán, más temido y tomado en serio en Madrid que quizá en Cataluña, es un tigre de papel.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*