Va de series: Juego de Tronos

Durante mucho tiempo se celebraban con gracia las ocurrencias de Pablo Iglesias sobre las series de televisión, y él mismo periódicamente gusta de escribir y hablar sobre ellas. A él siempre le ha gustado mucho mostrarse con un gran fan de «Juego de Tronos», y este gusto lo elevó a categoría política cuando en abril de 2015, en un gesto muy calculado, regaló a Felipe VI un estuche con la serie completa.

Ciertamente es una serie «de culto», si por culto entendemos millones de seguidores e influencia cultural más allá de la pantalla. Y ciertamente también Juego de Tronos representa lo más oscuro de la política, la sociedad y el alma humana. Sabe el lector a qué me refiero. La política aparece en la serie retratada como una actividad siniestra, dirigida hacia la simple toma del poder, no importa el por qué o el para qué. La sociedad aparece como una masa sin voluntad propia, moviéndose al ritmo que marcan en cada momento los Lanister, los Stark o cualquiera de las otras familias poderosas. El alma humana, en casi todos los personajes, aparece pervertida, en lo cívico y en lo moral: el engaño, la mentira, la deslealtad, el incesto, la prostitución, el asesinato a sangre fría aparecen como actividades normales y normalizadas. Como espejo de la maldad humana la serie no tiene desperdicio: como modelo educativo para ingenuos o despistados, posee un enorme poder destructivo.

Juego de Tronos es a la vez consecuencia de una vida política usualmente sórdida, y causa de ella, en la medida en que es elemento hoy educador. Por eso la aparente frivolidad y diversión de estos gestos de Iglesias no es gratuita, y revela mucho sobre el hoy vicepresidente: en el fondo, Iglesias muestra una forma determinada de entender la política, que se caracteriza por el cinismo violento que vemos en la serie. Lo hemos ido conociendo desde entonces en los sucesivos escándalos que le rodean: amaño de votos en las elecciones en Podemos, purga de desafectos, colocación de los cercanos, difamación de disidentes politicos son el día a día de su ejercicio político, relaciones entre sexos ligados al poder. El caso Dina Bousselham es la quintaesencia de esta forma de entender la política: relaciones de abuso con las mujeres, apaños a escondidas con medios de comunicación, destrucción de pruebas, ocultación al juez, premios y castigos a los y las fieles al dirigente.

Lo que este caso ha demostrado es que, efectivamente, Iglesias vive la política como un juego de tronos, con todas las miserias y peligros que esta forma de entender la política supone. No parece capaz de entender la grandeza posible de esta actividad, su referencia al bien y a la verdad y la generosidad, sacrificio y amistad que presupone.

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